VIAJE A CUBA. Cienfuegos y Trinidad

Bien, después de nuestro primer e impactante contacto con las carreteras cubanas, llegamos a Cienfuegos. Esta pintoresca ciudad situada a orillas de la bahía de Jagua recibe también el nombre de “La Perla del Sur” y fue fundada a principios del s. XIX por colonos franceses. Conserva las características de la arquitectura gala de la época y su centro histórico, de calles anchas y decoración neoclásica, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el 2005. Nosotros la conocimos unos cuantos años antes.

 Lo primero que hicimos al llegar fue buscar el hostal Carmen Rosa, una casa particular que, como muchas otras, alquilaba habitaciones a turistas. Nos recibieron la dueña y su marido: ella con los signos inequívocos de la polio, él con una verborrea incontenible que nos invitaba a conocer todos los rincones de la población. Los dos eran muy agradables y, ya para empezar, nos cocinaron una cena exquisita a base de camarones en salsa, plátano frito y zumos naturales para chuparse los dedos. Fue en ese instante cuando descubrimos la fruta llamada mamey, a la que yo bauticé sin querer como “un moment” (“un momento” en catalán, es lo que entendí). Anécdotas a parte, la visita a Cienfuegos la hicimos al día siguiente. Descubrimos el fabuloso Centro Cultural, situado en una casa palaciega que ofrece vistas increíbles desde lo alto, así como el Castillo de Jagua. Esta es una imponente fortaleza construida para proteger a la población de los piratas y que, según la leyenda, es la morada de la Dama de Azul, un fantasma que luce un vestido de brocado del mismo color. También tomamos el mojito de rigor muy bien acompañados por unos niños muy simpáticos y cariñosos. Fue una jornada de placidez después de los días más ajetreados en La Habana.

Al día siguiente, nos dispusimos a enfilar de nuevo las imprevisibles carreteras cubanas rumbo a Trinidad. Lo que nos encontramos esta vez fue:

1- una carretera llena de crustáceos parecidos a los cangrejos que, por lo visto, estaban migrando. Era inevitable no ir chafándolos con el coche y no gritar con cara de asco cada vez que eso ocurría

2- un entierro. A la entrada de un pueblo tuvimos que frenar en seco porque nos salió al paso un coche fúnebre rodeado de gente que llenaba toda la carretera.

3- buitres devorando a medio perro. Esta imagen se repetiría varias veces durante el viaje, pero la primera impresión fue bastante desagradable (las otras también, pero ya estábamos más acostumbrados)

 Y así llegamos a la preciosa Trinidad, uno de esos lugares que dejan huella. En cuanto uno pone un pie en ella se traslada inmediatamente al pasado, cuando los españoles iban al nuevo mundo a buscar fortuna. Con sus calles adoquinadas, sus casas bajas de colores y su olor colonial, Trinidad transmite pura magia. Allí vivimos momentos muy especiales, como Xavi bañándose con unos niños en la calle a manguerazo limpio y, sobre todo, la Casa de la Música. Esa noche, en su terraza, disfrutamos con la música en directo, los bailes, los mojitos y la mezcla perfecta entre cubanos y turistas. También vivimos uno de aquellos momentos tan vergonzosos en que dices algo en tu idioma (en ese caso catalán) pensando que no te van a entender y resulta que la persona es del pueblo de al lado del tuyo. Fue Maria la que le comentó a Raúl que el chico de delante era muy guapo, que tenía un perfil griego muy atractivo…y el chico en cuestión se giró y les dice en catalán que desde su sitio podrían acceder mejor a la barra. Si es que siempre lo digo: vayas donde vayas, das una patada en el suelo ¡y aparecen 10 catalanes!

Al día siguiente empezamos a descubrir las maravillosas playas del Caribe. Con la recomendación de los dueños de la casa donde nos alojábamos (conocidos de Carmen Rosa de Cienfuegos) fuimos a Playa Ancón. Agua verdosa, arena blanca, fruta abundante y deliciosa…estábamos en el Paraíso. Paraíso donde volvimos a encontrarnos con nuestro amigo greco-catalán y su compañero de viaje. Nos contaron que estaban recorriendo la isla en bicicleta y nos dejaron pensando lo bonito que es viajar y conocer gente aventurera, especial, de mente abierta…¡cómo aprende uno a abandonar tristes prejuicios y a compartir lo material y lo inmaterial! Esa tarde, otra prueba de la magia de Trinidad: nuestro primer encuentro casual con Carmen, una amiga de Raúl con la que compartimos mojito y experiencias…no sabíamos que no sería la primera ni la última vez que nos la encontraríamos. Por la noche nos dejamos seducir de nuevo por la Casa de la Música y conseguí que, por fin, Xavi bailara salsa conmigo. ¡Para eso habíamos estado semanas aprendiendo! La magia de Trinidad tocaba a su fin…o no, porque desde ese día ha permanecido en nuestros corazones.

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