VIAJE A CUBA. 1ª parada, La Habana

No fuimos ni a Altocedro, ni a Marcané, ni a Cueto ni a Mayarí, pero la canción de Compay Segundo nos acompañó durante los 17 días que pasamos en Cuba. Chan-Chan se convirtió casi en un himno cuando, un lejano agosto de 2001, cinco amigos de 24 años nos embarcamos en la aventura de cruzar el charco rumbo al Caribe. No íbamos con la intención de salir de fiesta y bailar salsa (o no sólo con esa intención), sino que también queríamos descubrir una cultura nueva, una manera de vivir diferente a la nuestra, respirar aires de ultramar… ¡y vaya si lo hicimos!

¿Y por qué explico ahora este viaje cuando han pasado casi 13 años? Pues porque siempre he querido hacerlo y no me había puesto nunca manos a la obra. También porque mis amigos y yo lo hemos relatado tantas y tantas veces a quien nos ha querido escuchar que tenía que plasmarlo en algún sitio más allá del diario de viaje que escribimos. Esa antigua pero bien conservada libreta me servirá de guía y será mi brújula cuando la memoria no me sea suficiente. Ahora mismo me está transportando a La Habana, la primera etapa del viaje más alucinante que he hecho jamás…

Aeropuerto de Barcelona, 6 de la mañana, puerta de embarque del vuelo XXX (sería demasiado recordar el número) destino La Habana . Cinco universitarios, dos chicos y tres chicas, matamos el tiempo haciendo tests del Cosmopolitan mientras esperamos que salga nuestro avión. Una vez dentro, nos quedan por delante más de diez horas de vuelo con escala en Madrid y no nos importa: es nuestro primer gran viaje. Pero, cuando por fin llegamos a La Habana y tardamos una eternidad en pasar los controles pertinentes, empezamos a sospechar que allí se lo toman todo con mucha más calma que en España, que ya es decir. Recogemos nuestros equipajes del suelo (si, del suelo), nos montamos en un autobús y nos dirigimos a nuestro hotel. Las Villas Panamericanas son unos apartamentos que se construyeron para albergar a los atletas que participaron en los XI Juegos Panamericanos, que se celebraron en 1991 en La Habana. Diez años después, la degradación era evidente y, al llegar, nos encontramos en un cuchitril con el agua cortada, el aire acondicionado estropeado y unos compañeros de habitación bastante indeseables: hormigas y cucarachas. Mi cansancio e indignación eran tales que les dije a mis amigos que al día siguiente yo me buscaba otro sitio para quedarme. Pero, tras una noche de perros durmiendo en un sofá de escay, la luz del día me trajo energías y ánimos renovados.

Estábamos en Habana del Este, así que tenemos que coger un autobús hacia el centro, pasando por una carretera que transcurría por debajo de la bahía. Bajamos del autobús y en menos de 10 segundos nos abordan dos lugareños que nos quieren llevar a un local que conocen y que seguramente les paga comisión por llevar turistas. Nos cuesta un buen rato declinar su oferta, pero finalmente conseguimos ir por nuestra cuenta a descubrir la ciudad. Visitamos mercados callejeros, el Capitolio, la fábrica de puros Partagás (fundada por el catalán Jaume Partagás) y la catedral barroca con sus dos curiosas torres desiguales y cuya construcción fue iniciada por jesuitas españoles. Para empezar a degustar las delicias de la comida cubana, fuimos a un paladar, como llaman en Cuba a los negocios de restauración particulares, muchos de los cuales se encuentran en la misma casa de los propietarios. Ese fue nuestro caso: guiados por nuestra inseparable Lonely Planet (de ahora en adelante “la Loli”), fuimos a parar a un piso de estilo colonial donde nos sirvieron pollo frito criollo, patatas, frijoles con arroz (llamados “moros y cristianos”) y ensalada. Todo buenísimo. En esta primera etapa de nuestro viaje, que duró dos días, también visitamos la Fortaleza del Morro (desde donde la ciudad se defendía de corsarios y piratas) y dos lugares que tienen mucho que ver con el escritor Ernst Hemingway: el hotel Ambos Mundos, donde se hospedó entre 1932 y 1939 y que fue su primer hogar en Cuba, y la famosa Bodeguita del Medio, donde iba a beber mojitos. Este local también ha sido visitado por otros personajes célebres, como Pablo Neruda, y todos ellos han dejado su huella en las paredes. Éstas están repletas de versos, frases y firmas hechas por turistas y por todo aquel que ha querido dejar constancia de su visita. Entre todo el batiburrillo de garabatos es casi imposible localizar algún sitio donde escribir…acabamos haciéndolo en el quicio de la puerta. En resumen, un sinfín de caminatas, lugares de interés, compras en un mercadillo artesanal donde todavía existía el trueque, habaneros abordándonos por la calle (de manera muy pacífica, hay que decirlo) alguna que otra llamada a casa y algún que otro mojito.

Pero, a parte de los sitios más turísticos, también quisimos adentrarnos en aquellas calles más apartadas, aquellas que están fuera de las rutas establecidas. Y nos encontramos con construcciones cayéndose a pedazos, con agujeros en las paredes por donde se podía ver todo lo que había dentro. El famoso malecón desprendía un olor en ocasiones desagradable y los gritos silenciosos de la pobreza podían escucharse a la vuelta de cada esquina. Pero, a pesar de todo, los cubanos son gente alegre y las calles están inundadas de música. Los gritos de la pobreza se entremezclan con la salsa y el son de los músicos callejeros, sus “Maria Cristina me quiere gobernar”, “La vida es un carnaval”, “Yolanda” y, cómo no, sus versiones de “Chan Chan”, la canción del maestro Compay Segundo y el Buenavista Social Club…el himno de nuestro viaje.

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